lunes, 26 de septiembre de 2011

Sueños


               

Abrí los ojos y todo me daba vueltas, como si hubiera estado toda la noche navegando. Y quizás lo hubiera estado haciendo. A penas recordaba qué había sucedido, sólo tenía un vago recuerdo de lo que me pareció un sueño anormalmente largo.
Me asomé al balcón de la habitación de hotel y contemplé la ciudad que se extendía debajo de mí. Como un relámpago los recuerdos comenzaron a sacudir mi mente. Anoche amé, amé como nunca jamás lo había hecho. ¿Pero cómo?
¡Un rostro! Un rostro de mujer me sobrevino. Era ella.
Como una cadena bien engarzada las imágenes fueron sucediendo y cobrando sentido. Anoche estaba sentado en la playa, observando el oscuro horizonte, saboreando el sonido de las olas, encerrado en mí mismo, cuando sin previo aviso atisbé una silueta. Pretendí ignorarla pero una fuerza mayor me atraía hacia ella. Me levanté y me acerqué, sin percatarme de que me estaba mojando por completo.
Cuando me quise dar cuenta estaba a pocos centímetros de su cara. Era la criatura más hermosa que el ser humano podría imaginar, de una perfección abrumadora. Estaba tan asustado como absorto.
Lentamente puso sus suaves manos a ambos lados de mi cara y acercó sus labios a los míos. Jamás podré explicar con palabras lo que mi cuerpo y mi mente experimentaron en aquel momento. Sentí volar, muy alto, y quizás lo hice.
El resto de la cadena de recuerdos se sucede a una velocidad vertiginosa: caminar sobre las nubes, nadar por las profundidades, fusión en abrazos, besos chispeantes y eternos, estallidos de sensaciones, pasión, euforia, todo.
Estaba tan confuso e inmerso en el recuerdo que creí enloquecer por instantes. Era imposible que aquello hubiese sucedido de verdad, ni siquiera estando bajo el efecto de un psicotrópico podría haber vivido tantas sensaciones en una sola noche, y menos aún recordarlo. ¡Ni siquiera había bebido alcohol! Era real, tenía que serlo.

Decidí volver a la playa esa misma noche, a pesar de que debía volver a casa ese mismo día. Repetí el procedimiento de la noche anterior, pero no sucedió nada.
Decepcionado y aún más confuso me encontró el sol del alba. Volví caminando al hotel, ya dispuesto a irme de esa ciudad, y mientras lo hacía me juré que aquello que había pasado fue tan cierto como que mis pies tocaban el suelo en ese momento.
Todo ocurre por un motivo, y yo sabría apreciarlo. Pensé que debía pasar el resto de mi vida buscando a aquella mujer, pero no era justo abusar de un regalo así. Había tenido la inmensa suerte de vivir aquello durante toda una noche, y no quería estropearlo.
Guardé aquella historia en el lugar más seguro de mi memoria, y jamás lo compartí con nadie.
De todos modos, ¿quién iba a creer en las sirenas?


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Lápices de colores. Texto de Cris L. Vargas.

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